Un postre salido de un cuadro para esta Navidad

¿Os habéis preguntado alguna vez qué comía la realeza de postre? En las películas queda claro que se daban buenos festines con largas mesas llenas de platos como ocas, faisanes, jabalíes, cochinillos con manzanas en la boca… pero después, ¿qué? No creo que se tomasen un sorbete para bajar todo aquello, aunque no les hubiera ido mal.

El otro día tuve la suerte de asistir a la presentación del nuevo postre de Ascaso, la Corona Catalina de Aragón, en el Museo Thyssen de Madrid. Desde el Museo se invitó a 25 cocineros de España a elaborar un plato inspirado en un cuadro de su colección permanente para su libro “El Thyssen en el plato”. El equipo de Ascaso eligió “Retrato de una infanta, Catalina de Aragón” de Juan de Flandes, pintado alrededor de 1496, para su aportación a este interesante proyecto.

No fue fácil elaborar la receta final. Tras una laboriosa investigación histórico-culinaria, sobre los ingredientes que se encontraban en España en esos momentos -llegaban las primeras especias, ya existía el mazapán-, hicieron pruebas para ver qué proporción era la más adecuada para deleitar a los paladares de hoy en día.

El resultado: una preciosa y brillante corona de reina donde las rosas, como la que lleva Catalina entre sus dedos en el cuadro, cobran vida. Entre sus ingredientes, esta rosca de mazapán con agua de rosas, combina otros sabores muy apreciados por los comensales de entonces, como el azafrán, la yema, el jengibre y la fruta, en este caso, pasta de pera. La decoración, delicada y exquisita, se ha realizado con yema y pétalos de rosas naturales cristalizados. Y se presenta en una lata digna de estar en el Museo con una imagen del cuadro inspirador.

Cuando la vi pensé que la corona también había salido de un cuadro. Solo por lo bonita que es ya vale la pena ponerla en tu mesa esta Navidad. Pero además de la vista, el gusto, el tacto y el olfato, durante la presentación también pudimos estimular nuestros oídos con una radionovela de ficción que narraba la propia Catalina de Aragón, con posibles pensamientos sobre algunas de las etapas de su vida. Tanto me fascinó, que no pude evitar indagar más sobre esta mujer que vivió muchos más años en tierras extranjeras que en su propia casa.

En el ‘Retrato de una infanta, Catalina de Aragón’ vemos a una joven princesa, la quinta hija de los Reyes Católicos, de rostro ovalado y mirada serena y firme. Aunque desde muy tierna edad vivió situaciones impactantes, como la rendición de Granada, poco presagiaba ese rostro inocente lo azarosa que iba a ser su vida y especialmente, su matrimonio con Enrique VIII.

Su madre, Isabel la Católica, que podríamos decir fue una reina muy moderna, dedicó energías, tiempo y esfuerzo en que sus hijas aprendieran usos propios de mujeres, pero también disciplinas con las que dominar el mundo, un deber al que estaban llamadas. Como el resto de sus hermanas, Catalina recibió una educación enormemente cuidada siguiendo los preceptos humanistas: danza, música, historia, filosofía, derecho canónico, idiomas… teniendo una especial predilección por la literatura. Su padre Fernando el Católico, la nombró embajadora de España en Inglaterra, siendo la primera embajadora de Europa. Una figura que copiarían después todos los países.

Me imagino que consciente desde muy joven de su rol como peón político de la familia Trastámara sería una mujer muy fuerte. Una fortaleza que le sirvió para aguantar los diferentes reveses de la vida, de su propio esposo y su “condena” a vivir aislada en un castillo inglés sin ver a su hija ni comunicarse con el exterior hasta que murió con 50 años. Muy digna, supo llevar el nombre de Aragón y España muy lejos y, siempre en su papel, fue buena esposa, madre y consejera.

Escritores y humanistas como Shakespeare y Erasmo de Rotterdam alabaron sus virtudes y era tan querida por el pueblo inglés, que hasta hoy se siguen colocando flores sobre su tumba en la catedral de Peterborough. Fue también, pese al final turbulento de su relación, admirada por su marido. Enrique VIII supo valorar la sabiduría y prudencia de su compañera, a la que nombró regente durante sus ausencias de la corte más largas. Dice mucho de ella que hasta su final en 1536, mantuvo que ella era la legítima y única reina de Inglaterra.

Sinceramente creo que a Catalina, mujer culta y vivida, le hubiera encantado esta corona.

 

 

 

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